IES Luis Barahona de Soto Luis Barahona de Soto
Luis Barahona de Soto

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Biografía general de Luis Barahona de Soto

Antología lírica por Fernando de Villena de Luis Barahona de Soto

Algunos poemas de Luis Barahona de Soto






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Biografía General:

Luis Barahona de Soto

Poeta y médico español (Lucena 1548, Archidona 1595), estudió en Antequera y más tarde en Granada, Osuna y Sevilla. En Granada trató a Gregorio Silvestre, Pedro de Padilla y Hurtado Mendoza.

Su obra poética participa de las corrientes tradicionales, en verso octosílabo y de las italianistas que habían aclimatado Boscán y Gracilaso.

Algunas fábulas mitológicas están escritas en octosílabos, como las de Vertummo y Pomona y Acteón, paráfrasis externas de las metamorfosis ovidianas, asi mismo y otros poemas juveniles, conocido con los nombres de Lamentaciones y Libertades de amor, con clararas influencias de Gregorio Silvestre.

Sus poemas en versos endecasílabos son mucho más originales, como la Égloga Funeral a doña María Manrique, y la Égloga I y la Égloga II, en la que llora la muerte de Gregorio Silvestre, acaecida en 1569.

La Égloga a la muerte de Gracilaso es un elogio apasionado del poeta toledano. Escribió sonetos y es también autor de un extenso poema en octavas, imitación Orlando de Ariosto, titulado primera parte de la Angélica (1586) muy elogiado por Cervantes. Se le atribuye también unos diálogos de monteria, en prosa, se rebelan sus conocimientos cinegéticos, y de la vida y costumbres de los animales, descrita con gracia y soltura.


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ANTOLOGÍA LIRICA. Luis Barahona de Soto.

Prólogo de Fernando de Villena

Antología lírica de Luis Barahona de Soto

¡Celestes días los del Renacimiento español! Celestes y grandes aquéllos en que en cada ciudad existía un cenáculo de cultura clásica; celestes los que vivió don Luis Barahona de Soto. De familia noble, pero venida a menos, había nacido el poeta en la villa de Lucena en 1547 ó 1548. Estudió humanidades en Antequera y se graduó de bachiller en artes en Granada, donde también comenzó sus estudios de medicina. Allá hizo amiganza con el músico y poeta Gregorio Silvestre y allá concurrió a la nombrada academia de don Alonso de Granada Venegas. También en aquellos años juveniles debió participar en la guerra de las Alpujarras contra los moriscos sublevados. Posteriormente continuará sus estudios en Osuna, licenciándose en medicina en Sevilla, ciudad que debió de impresionarle muy mucho por su brillante vida cultural y por el trajín de gentes que iban a las Inidas o venían de las mismas en aquel señalado momento histórico. Tanto es así que hacia 1571 se intensifica la relación de nuestro autor con los escritores hispalenses y sobre todo con Fernando de Herrera, con quien debió mantener algunas disputas acerca de la artificiosidad del lenguaje poético.

Ya por estas fechas habría realizado algún viaje a la corte, donde, a buen seguro, debió conocer a los más nombrados ingenios.

Regresa a Granada donde, ya muertos varios de sus antiguos amigos, al tratar ahora a esa pléyade de jóvenes poetas que, cantando a las estaciones del año,dieron modelo a Góngora para sus Soledades, constata el cambio que se está operando en el gusto poético.

En 1578 canta la jornada sin fortuna de los portugueses en alcazarquivir, tal como lo hiciese Herrera y también por esta época escribiría su poema épico "Las lagrimas de Angélica", sobre algunos personajes del "Orlando furioso de Ariósto". El libro vería la luz en Granada en 1586.

Ya desde 1581 ejerece como médico en Archidona, donde se asienta definitivamente, cansado acaso de la agitada vida que había llevado hasta entonces. Allá, poco después, contrae matrimonio con la joven viuda Isabel Sarmiento que le daría dos hijas antes de morir en 1587. Desde un año antes el poeta es regidor de la villa. En este sereno período de su existencia escribe sus amenos "Dialogos de la Montería", una joya de la literatura cinegética (que no se publicó hasta 1890, y sin indicación de quién fuese su autor).

En 1591 toma nueva esposa en doña Mariana de Navas, joven y culta, que debió alegrarle los últimos años. Por esas mismas calendas el poeta es nombrado teniente de corregidor, cargo que desempeñará hasta su repentina muerte el 5 de Noviembre de 1595. Fue enterrado al siguiente día en una bóveda de la parroquia de Santa Ana de aquella Archidona que tan generosamente le había acogido.

Salvo algunas composiciones para los preliminares de varios libros de otros escritores, sus poesías líricas, que tenía preparadas para la imprenta, no vieron la luz en vida del autor. Algunas fueron publicadas por Pedro Espinosa en sus "Flores de poetas ilustres", por Sedano en su "Parnaso español" y por Adolfo de Castro en la "Biblioteca de autores españoles", pero en su totalidad no aparecen hasta que las editó Rodriguez Marín al final de su eruditísimo estudio sobre nuestro poeta (Luis Barahona de Soto. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico, Madrid, 1903).

La lírica de Barahona de Soto, aun muy dentro de la influencia Garcilasista, puede situarse dentro de ese momento (estudiado por el profesor Emilio Orozco a propósito de nuestros clásicos) tan singular para las artes y las letras que se ha llamado "manierismo". Posición intelectualista, creación dentro de los moldes de la "imitatio", armonía, delicadeza, caracterizan los versos de este ingenio andaluz que habría de cantar:

Las lágrimas salidas de los ojos

más bellos, que en su mal vio amor dolientes,

de este ingenio andaluz a quien Cervantes, en el capítulo VI de la primera parte del Quijote, no dudó en proclamar: "...uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España,".

Por otra parte, la poesía de Barahona de Soto es, en cierto modo, uno de los nexos entre la escuela poética antequerano-granadina y la sevillana. De la primera posee ese preciosismo (técnia punto menos que miniaturesca) en la descripción de paisajes y jardines bajo una determinada luz o bajo unas particulares condiciones ligadas a las diferentes épocas del año. De la escuela sevillana, en cambio, hereda la poesía del lucentino una marcada tendencia a lo solemne, al enfatismo.

La presente edición no teine más pretensiones que la de hacer llegar algunos de sus poemas al público de nuestros días. Han sido seleccionados para ello los menos dificultosos para el moderno lector.

Queden, pues, los doctos a la espera de esa edición crítica de toda la poesía lírica de Don Luis Barahona de Soto, edición que tan necesaria se va haciendo tanto por lo inencontrable que es ya el exhaustivo libro que sobre nuestro autor escribió el cultísimo polígrafo sevillano, como por incluirse en el mismo algunas falsas atribuciones, según manifestó el profesor Lara Garrido en su prólogo a "Las lagrimas de Angélica" (Madrid, 1981). El dicho trabajo, el citado investigador prometía también publicar en breve la poesía lírica completa del médico-poeta lucentino. Recibida será su labor como agua de mayo.

FERNANDO DE VILLENA

Archidona y Enero de 1991


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Algunos poemas

Fragmento de la obra:

LAS LAGRIMAS DE ANGÉLICA

(Luis Barahona de Soto)

CANTO OCTAVO

Principios Vanos

Que niña debía niños ayuntarme,
Muchacha a los muchachos simplemente,
Después a mozos moza y derramarme
A más de lo que honrosa ley consiente,
Y cuando ya mujer vine a hayarme,
Crecer mis pechos vi indiscretamente,
Y aún viera más crecer si el padre mío
No diera freno a tanto desvarío.



A GREGORIO SILVESTRE

Si la harpa, si el órgano sabroso,
Si el monacordio, si la dulce lira
Que en vuestras manos, gran Silvestre, admira
Y suspende el ingenio más furioso,
Si el dulce verso fácil y gracioso
Con que a los vientos refrenáis la ira
Algún consuelo, aunque liviano, inspira
A un seso apasionado y amoroso,
¡Aquí, señor: que me ha rompido el pecho
Con punta de oro de acerado dardo
La mano más gentil que el cielo ha hecho!
¡Aquí; que huyo el bien y el mal aguardo;
Espero el daño y temo mi provecho;
He frío en brasas y entre yelos ardo!



Ve, suspiro caliente, al pecho frío
De aquella viva piedra por quien muero;
Que libre va de culpa el mensajero,
Aunque no sé en tal parte, y siento mío.
Loarte has que en extraño señorio
Entraste mis querellas tú el primero,
Y que ablandaste un corazón de acero,
Que se templó en mis ojos, hechos río.
Seguro vas, pues el amor te guía,
Y más llevando nuevas de mi muerte
Adonde buscan gloria con mis daños.
Quizá entrará el amor do no solía,
Y con el fin de mis pasados años
Comenzaron los buenos de mi suerte.